Cartas de Vida

 

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Juan-Vicente OLTRA

Cartas a mis hijos

La vida, mis queridos capitanes, no es previsible, y quizá ahí radique su belleza. Yo quisiera tener la certeza de saber que, dentro de muchos años, cuando vosotros también disfrutéis de la dicha de ser padres, os robaré una copa de jerez de vuestros hogares para poder charlar sobre muchas, muchas cosas. Quizá demasiadas. Pero no la tengo. Nadie sabe si va a vivir ochenta años más, o tan solo diez minutos. Y las palabras me arden dentro del alma, pugnan por no ser enterradas con mi cuerpo, quieren volar desembridadas hacia vosotros. Hacia vosotros, ya adultos, con capacidad para pensar sin muletas (¡qué difícil es eso hoy!), para poder contrastar nuestras diferencias y nuestras coincidencias. Lo que no quiero, y no se me ocurre otra manera más allá de estas pobres líneas para evitarlo, es que os cuenten lo que alguien piensa que yo pensaba. Más allá de dudar de las buenas intenciones del transmisor, mi inquietud es saber que, pese al cuidado que se ponga, el mensaje os llegaría deformado a buen seguro.
Por eso, arremango mi camisa, me sirvo un café bien cargado y me preparo para escribiros una serie de cartas. Cartas que irán de lo divino a lo humano. Sobre religión, política, arte, sentimientos, cosas mundanas... sin más orden ni concierto que las ganas de escribir que me vayan llegando en los momentos en que vuestros juegos infantiles me lo permitan.
Si leéis esto cuando yo no esté y disentís de mí, no podremos debatir, no podré matizar nada. E incluso no podré arrepentirme de algo de lo escrito, que el ser humano es un animal en exceso variable y nada de extrañar tendría que en poco o mucho de lo que vayáis a leer, mi sentir hubiera sufrido cambios en el tiempo que va desde que mi mano escribe hasta ahora. De cualquier modo, algo no variará, seguro, un ápice: mi amor por vosotros. Os quiero.

Carta I. Mi postura frente al aborto

Un tema espinoso es el que abre el fuego. Intencionalmente lo hago así, ya sabéis que nunca he sido alguien que se caracterice por acariciar suavemente el lomo del perro, sino más bien por meter inconscientemente la mano entre sus colmillos.
En el momento en el que escribo esto, el aborto genera dos posturas fuertemente enfrentadas. Por una parte, están los que dicen que es un derecho de la mujer, que debe tener el completo control de su cuerpo. Se establecen fronteras cronológicas a partir de las cuales el feto puede ser considerado ser humano, y cuándo no. Esta postura recibe el beneplácito de una parte más que importante de nuestra sociedad, abiertamente la celebran muchos y de forma callada, hipócrita en algún caso si me lo permitís, por otros muchos; siendo la suma de estos dos contingentes, tal y como lo veo con mi humilde y triste percepción, la mayoritaria.
Por otra, están los que se oponen frontalmente. Mayoritariamente compuesta esta facción por creyentes, quienes por amor y santo temor de Dios, pugnan por la vida de todo ser concebido en una esperanza cierta de que el paso por la vida es puente inevitable para llegar a la vida eterna y sobrenatural. Resulta casi un suicidio social apostar por la segunda opción. El riesgo de ser calificado como cavernícola, retrógrado y otras lindezas semejantes no lo es tal, sino una certeza absoluta.
¿Y dónde estoy yo?
Si esto me lo hubieran preguntado hace unos años, sin duda hubiera respondido que con los primeros, incluso considerando que el apoyo mayoritario no lo era tanto entonces. Mis convicciones marxistas (maoístas, concretamente) de la época me llevaban a aquello por mil razonamientos. Hoy, a pesar de nadar contracorriente (ya os habréis dado cuenta de que cantidad no equivale a calidad, y que no siempre la mayoría tiene la razón; recordaréis que os digo a menudo que las hamburgueserías repletas de comida basura rápida tienen más clientes que los restaurantes donde poder seguir una alimentación equilibrada), tengo que deciros que estoy con los segundos. Y no sólo por cuestiones de Fe. Sé que seré marginado, censurado por ellos. Que me enfrento incluso al insulto público. No importa, claro que no importa.
Demasiadas veces, lo sabréis ya, he trasteado con la muerte como para convertirme en un partidario suyo en cualquiera de sus presentaciones. Al enemigo ni agua, y cuando tenga sed, polvorones. De forma visceral, me lo dicen más los intestinos incluso que el corazón, me siento refractario al aborto. Más allá de cualquier consideración. Pero como esto no vale para convencer a nadie, intentaré dar forma con palabras a mis sentimientos. 

He intentado obviar a la religión en esto. Dar criterios eufemísticamente llamados "humanistas", económicos (baste repasar alguna constitución antigua de la URSS para toparse de bruces con alguno de ellos) para apoyar mi postura... pero uno no puede dejar de tener la Fe del carbonero y recurrir una y más veces a lo supremo. Consciente de mi inevitable subjetividad, me lanzo sin más.
Los partidarios del evangelio de Zola os dirán que "cuando malográis un hijo ¿sabéis quien es? Puede ser un gran artista, un héroe o un genio". Tradicionalmente se ha empleado este argumento para luchar contra el aborto, pero a mí no me vale. De igual manera, el abortado podría ser un político del sistema, con lo que la humanidad tampoco sufriría una pérdida irremplazable.
Lo que sí os diré es que abortar es destrozar la vida de un inocente, un acto de egoísmo y cobardía de los padres que no quieren luchar, atentando de rebote contra la vida de su hijo, un crimen con alevosía y de imposible reparación. 

Sí, sé que a esto se suele aducir que no se mata a un niño, que se trata de un feto que aún no es nada. Pero esto es falso; un "feto" no es un florero, no es un gatito, no es un zapato. Desde el momento de la concepción comienza una nueva vida, el feto es un ser vivo, un ser humano con un código genético completo e irrepetible. Usar la terminología de esa manera tan solo procura aliviar y calmar conciencias. Tan solo coloca una alfombra sobre el cadáver para ocultar el crimen. Pero los muertos siempre terminan oliendo, siempre se terminan pudriendo, aun enterrados en la mente de la madre. La terminología adecuada camufla la verdad, y si esto lo repetimos muchas veces, como ya sabía Goebbels, termina asiendo asumido como cierto.
Se aduce que gracia al aborto, podemos liberar no sólo a los padres sino a los futuros niños de una vida problemática, llena de dolor. Preguntemos a quienes padecen esas malformaciones, esas taras, si quieren morir o si hubieran estado conformes con su asesinato. Pero preguntádselo detrás de una puerta de acero, porque si os pueden arrear una patada o escupir en la cara, lo harán. 

Por otra parte, ¿quiénes son los padres para decidir sobre la vida de sus hijos? Los padres no tienen ningún derecho sobre la nueva vida, sino que tienen la obligación de protegerla. No hace falta siquiera recurrir a Justiniano para recordar que la desgracia de la madre no debe perjudicar al que está en su vientre.
¿Significa esto que desee una vida de sufrimiento para los padres que asumen a un hijo enfermo, con graves taras? No, no soy en absoluto sádico. Si algo espero que recordéis de mi, es que el valor supremo que antepongo a cualquiera en una sociedad moderna y progresista es la Justicia Social. Y en esta derivada, la Justicia Social se demuestra aplicando una política familiar que proporcione una vida más humana: subsistencia, vivienda, educación, salud. Cuidado a discapacitados, cuidado a enfermos. Cuidado a ancianos con alzheimer, porque... ¿es menos humano el niño no nacido que un anciano que no conoce, que no razona? Si matamos a los primeros ¿cuánto tardaremos en matar a los segundos?

Podéis creer que el párrafo anterior no es más que un juego floral, una forma para enternecer a corazones ya tiernos o a mentes blandas. Y no; con Camba repudio la poesía como un mero aburrimiento metrosilábico. Lo que encierro en él es la verdadera causa del aborto hoy: la economía. El ahorro que supone para el estado y, también, para las familias. Anteponer el dinero a la persona: la lucha contra eso fue lo que hace ya muchos años me hizo marxista y también lo que, con el tiempo, me hizo dejar de serlo, precisamente por ver como los que se llaman izquierdistas no son más que una suerte de derecha liberal que antepone los beneficios de la gran economía capitalista a la Justicia Social. 

El argumentario que defiende el aborto es abundante. Respira tolerancia, bondades varias, pero condena al que intenta contrastarlas, al que quiere romper el discurso único, obligatorio.
Seamos más listos, defendamos al hombre, pidamos más que la falsa libertad de matar, pidamos la verdadera libertad, que es vivir. El aborto es una solución animal. Oponerse a él no es retrógrado, no es vivir en la época de las cavernas, sino pedir que el espíritu valga más que la materia. Eso es lo verdaderamente progresista.

Con cariño,

Papá.

25/03/2009 http://bitacorapi.blogia.com/2009/032501-mi-postura-frente-al-aborto.php con los comentarios.

Carta II. Sobre la amistad

Queridos capitanes:

En esta segunda entrega, esta segunda carta que espero no tenga que ser puesta sobre vuestro tapete de juego, que el Sumo Hacedor me conceda el tiempo como para ser yo quien os hable y no exista la necesidad de recurrir a este negro sobre blanco, quisiera abordar un tema que, a pesar de ser inmenso y aparentemente inabarcable en unos cuantos renglones torcidos, no puede quedar escondido en la cartera de mi corazón: la amistad.
Y como, aunque difícil, hay que ir viendo por dónde se colocan cercos a este campo, os anticipo que tan solo voy a abordar uno cuantos matices de este cuadro infinito: de quién ser amigo, y qué puede esperar un amigo de otro.

Tendemos todos a pescar en nuestro río, y eso provoca que nuestros amigos coincidan con nosotros bien por vivir en las mismas coordenadas geográficas, bien por compartir creencias, ideologías o sentimientos, bien por cualquier otro tipo de concurrencia. Lo que damos en llamar vida moderna, y que para cuando vosotros leáis esto quizá no sea más que un vestigio del pasado, nos depara sin embargo oportunidad de conocer a gentes con una enorme disparidad de criterios y orígenes, lo que la red de redes y sus posibilidades han venido a elevar al cubo.
A pesar de esto último, tendemos a encerrarnos en nuestras posturas y discriminamos, cribamos con un rasero no doble, sino a veces triple, a la gente por cuestiones en ocasiones de aparente entidad y otras de clara trivialidad, como sin ir más lejos su aspecto físico: tendemos a preferir amigos y amigas (en especial estas últimas, siendo varones, y de ahí que emplee el femenino) cuanto más guapas, altas, atléticas, bien proporcionadas y vestidas. Aun libres de esa estúpida restricción, que no por extendida deja de ser menos tonta, lo que es difícil es no caer en la tentación de juzgar a las personas que nos rodean por lo que piensan... o por lo que dicen que piensan.
A un querido amigo, Eduardo Arias, con el que hace algún año que no coincido (valga esto para deciros que aunque la amistad cuando no se emplea se oxida, la consideración de tal no debe ser desteñida por el paso del tiempo), le escuché una noche en uno de esos programas majaderos que poblaban la televisión (hablo en pasado con la esperanza de que ese invento del maligno mejore en el tiempo que separa la escritura de ésta, con vuestra lectura, aunque sinceramente lo dudo y mucho) una frase que me impactó, y que os transcribo como un regalo: "Se puede ser liberal en ideas y dogmático en actitudes o dogmático en ideas y liberal en actitudes".
Como toda generalización, sí, es injusta. Pero me da pie para hablaros de lo que me interesa: la eliminación de barreras mentales a la hora de seleccionar vuestros amigos. Sabéis, porque lo habéis visto, y porque os lo habrán contado amigos y enemigos, que en determinados aspectos soy catalogado como lo que popularmente se diría un intransigente, un catolicarra. Con sentido del humor os dirán que vivo, o vivía, en la caverna, y sin él que soy una especie a extinguir o directamente a exterminar. Al tiempo, sabéis también que hago gala de tener amigos, no conocidos, sino amigos, en los más diversos puntos del entramado político y con las más pintorescas creencias. Ahí tenéis a Álvaro, a quien en las pocas ocasiones en que Juan ha coincidido con él (Luis no ha tenido esa fortuna a la hora de redactar esto) le llamaba sin ningún tipo de ambages tío. Álvaro es lo que podríamos llamar un separatista irredento, que defiende la idea de que Galicia es algo totalmente extraño a la idea de España... y yo, ya sabéis, soy un defensor a ultranza de la unidad de España. Y no es el único caso: Julián, Toni, Enric... a años luz de mis coordenadas ideológicas. Una de mis más apreciadas amigas que haría parecer que Santiago Carrillo está a la derecha de Blas Piñar (os ruego que recurráis a la humilde biblioteca que os lego para saber quiénes eran estas dos personas; me temo que la deformación mediática provoque que cuando seáis mayores y deseéis saber quiénes eran estos, os lleguen absolutamente deformados sus perfiles), y con ella comparto horas de charla gratificante en la que el respeto mutuo prima sobre cualquier otra consideración.

Volviendo a la frase que citaba de Eduardo, también os tengo que decir que esto son flores blancas que uno va encontrando después de pincharse los dedos en los cactus que aparecen en el camino. Que cuanto más defensor de las libertades alguien se proclama oficialmente, generalmente podréis estar seguros de que su ciénaga mental es profunda y que en ella podéis ahogaros. Dime de qué presumes y te diré de qué careces, reza nuestro sabio refranero. Pero no es menos cierto que también he ido encontrándome gente que decía pensar como yo y que han demostrado ser, diciéndolo de forma suave, cabrones con pintas, lo que destaca entre tantas personas fenomenales y de una hondura espiritual y humana entrañables encontradas en mis mismas coordenadas: Arturo, Rafael, Juan Jesús, Guillermo o Jorge, quien dará difusión si cree oportuno a estos párrafos y a quien cargo el mochuelo de, caso de que desaparezca de este valle de lágrimas, me sirva de batallón de reserva con la misión de hacéroslas llegar.
Me vienen a la cabeza un par de anécdotas que ilustran este último párrafo con luz meridiana. Por una parte, en una discusión reciente, y en razón de su inmediatez la traigo aquí, en un foro público sobre un tema irrelevante para esta carta, un defensor de las libertades, laico rampante que asume que la educación y el buen criterio sólo pueden estar en su orilla, mermados sus argumentos, dispara una procacidad cargada de un machismo digno de las tabernas más oscuras y sucias del barrio chino de la más podrida villa, para común sorpresa del respetable, que no mía. Otra, de la que al querer dar luz a estos párrafos aún se encuentra sub judice y por tanto no puedo dar más que referencias veladas, cuenta cómo un querido, muy querido, amigo colombiano tuvo que dejar su trabajo por razón de una trifulca con un defensor profesional de las libertades. Éstos tuvieron una diferencia, a lo que al parecer el tono fue subiendo hasta que mi compatriota hispanoamericano (sabéis que considero a todo hispanoamericano como compatriota, sin más matices, por nuestro pasado y tronco común) escuchó cómo le decían que ningún mono de la selva vendría a decir aquí lo que había que hacer. Cuando su respuesta lógica, tras pedir disculpas y no recibirlas, fue atizar un mamporro a quien así parecía demandarlo, las cañas se tornaron lanzas y pagó el pato Pocarropa (como es costumbre inmemorial en nuestra piel de toro). Como veréis, el decir que se defienden unas ideas con aparentes implicaciones buenistas tan solo quiere decir eso. Que se dice que se defienden, pero nada más. Nada que deba predisponeros hacia ellos de por sí.

En cuanto al aspecto físico, internet viene en vuestra ayuda. En muchos casos llegaréis a conocer a alguien por dentro, antes de saber cómo es por fuera. Os daréis cuenta de cómo podéis llegar a ser amigos, más que amigos, con gente que posee un físico que os llegue a repugnar... y no os importará, porque ya sabéis lo que lleva dentro, que a fin de cuentas es lo que prima. Os pido que intentéis extrapolar esto siempre, que busquéis en el interior. Y que, obvio resulta el remarcarlo, no juzguéis a nadie por cómo dice que piensa, siente o cree, sino por cómo actúa. Por sus obras les conoceréis, vaya. Debería deciros, remedando a la Biblia, que no juzguéis si no queréis ser juzgados, pero esto es tan, tan difícil de conseguir que no aspiro a tanto. Yo al menos confieso que no logro cumplirlo, así que no estoy en posición moral de pedíroslo.

En cuanto al aspecto físico, internet viene en vuestra ayuda. En muchos casos llegaréis a conocer a alguien por dentro, antes de saber cómo es por fuera. Os daréis cuenta de cómo podéis llegar a ser amigos, más que amigos, con gente que posee un físico que os llegue a repugnar... y no os importará, porque ya sabéis lo que lleva dentro, que a fin de cuentas es lo que prima. Os pido que intentéis extrapolar esto siempre, que busquéis en el interior. Y que, obvio resulta el remarcarlo, no juzguéis a nadie por cómo dice que piensa, siente o cree, sino por cómo actúa. Por sus obras les conoceréis, vaya. Debería deciros, remedando a la Biblia, que no juzguéis si no queréis ser juzgados, pero esto es tan, tan difícil de conseguir que no aspiro a tanto. Yo al menos confieso que no logro cumplirlo, así que no estoy en posición moral de pedíroslo.

Queda la segunda parte: ¿qué puede esperar un amigo de otro? Evidentemente la palabra amigo es muy amplia, un baúl donde cabe todo, desde el simple conocimiento, el saludo por la escalera, hasta la camaradería más profunda, el saberse espalda en la batalla y que, ante una situación de riesgo, las vidas de ambos son perfectamente permutables. Uno daría sin dudar la vida por el otro. Eso sí, no hablo en absoluto de amor, del amor entre un hombre y una mujer, que eso es harina de muy otro costal y para el que me reservo una futura carta.
Así, os diré que a fuer de ser considerado extremista, pienso que la verdadera amistad es esta última. El no abandonar a los tuyos ni ante la muerte. Ni después de ella, que no es el final. Por un amigo se da todo lo que se tiene y lo que aún no se tiene y, aunque os digan que eso no debe ser así, y que es una frase con única intención propagandística, llego a invocar a Millán Astray y a su "con razón o sin ella", pues aun equivocado el amigo no deja de serlo.
En nuevo resumen, a la amistad la veo como una especie de sacerdocio, donde incluso cuando un amigo te traiciona, quizá porque la balanza de la amistad en su caso se decantaba unos cuantos grados en defecto de vuestro fiel, el impulso debe ser el de averiguar qué ha pasado e intentar recomponer lo roto. Dicen que un amigo, es un tesoro y perder un tesoro, siempre es doloroso. Pero ya sabéis que en el fondo no soy más que un romántico impenitente.

La vida, vuestra vida, os irá matizando todo lo que aquí os digo. Os endurecerá, lo sé. Pero llegará un momento en que vuestra propia dureza se os clave como una costra dolorosa, y ése punto es el que, quizá inútilmente, deseo evitaros.

Muchas cosas me dejo en el tintero en este domingo en el que la primavera trata de reír tras el cielo nublado, cruel metáfora sobre la que algún día, también os escribiré, y entonces, sí, ahondaré en los términos amistad y camaradería que en algún punto de esta carta dejo vacante.

Como siempre, os quiere:

Papá.

20/04/2009 http://bitacorapi.blogia.com/2009/042001-la-amistad.php con los comentarios.

Carta III. IZQUIERDAS Y DERECHAS

Queridos capitanes:

Ojala cuando estas líneas lleguen a vosotros esos conceptos decimonónicos y periclitados de "izquierda" y "derecha" estén ya largo tiempo enterrados y olvidados. Pero lo dudo, y a no ser que me traicione el subconsciente dentro de pocas líneas os explicaré el porqué.
Una de las primeras preguntas que cualquiera se hace cuando conoce a alguien es, más allá de cómo piensa, cuál es su color político. Craso error del que ya os he hablado, pero al que no me resisto a volver a condenar. Aun más, con un criterio pervertido por la manipulación de los medios de descomunicación, que otra cosa no son, se tiende a polarizarlo todo en dos poses únicas y diferenciadas: izquierda o derecha. O, con ese neoidioma para idiotas, socialistas y liberales, produciendo la cacofonía perversa con lo social y la libertad, cuando no hay nada más alejado de lo social que el socialismo ni nadie que dé menos grados de libertad que un liberal.
Izquierdas y derechas, me vais a permitir que sea directo, no tienen sentido hoy. Escasamente lo tenían los términos cuando se parieron en ese frontón francés que separaba así geográficamente a Girondinos, Jacobinos y otros más de trescientos semovientes sin adscripción reconocida. Desde entonces, del siglo XVIII, parece que mucho ha llovido pero aparentemente no lo bastante como para limpiar toda esa porquería, desde entonces nos viene este falso andamiaje intelectual.
Os dirán que cuando alguien niega ser de izquierda o de derecha en realidad es porque es de extrema derecha, y yo niego la mayor. No se puede ser extremo de algo que uno repudia. Generalmente quien entona esa tontería suele ser alguien muy bien parapetado en el sistema, o, en todo caso, un tonto útil de este: alguien engañado por la nueva cloaca máxima del imperio, la televisión, que se convierte en defensor de aquello que le oprime y castiga. Y es que lo que no es sano, nunca, es dejarse oprimir... y eso es lo que hacen las llamadas izquierdas y derechas.

Porque la realidad, queridos, no os engañéis, es clara: aquí mandan los de siempre y si nosotros, la gente de la calle, los españolitos de infantería, no hacemos nada para remediarlo, seguirá así. Y ése era el motivo que al principio de esta carta me hacía dudar de la desaparición de esta gran y doble mentira. Partidos políticos y sindicatos mamporreros esconden su verdadera función: apuntalar un sistema que sigue apretando a la gente de bajo, que sigue engordando las arcas del capital mientras que la fuerza de trabajo es cada vez más pobre y tiene menos poder de gestión en lo público. Si a eso sumamos que tanto a izquierdas como a derechas parece importarles una higa que la formación, la educación de sus ciudadanos se degrade cada vez más, vemos que vamos hacia una nueva edad media, aunque esta vez intencionada y sin conventos donde se pueda refugiar la cultura clásica para sobrevivir. Hacia una gran masa de la población inculta y sin poder hacer más que sobrevivir, mientras unos pocos viven del sudor de la frente de los demás con unos privilegios ofensivos para el sentido común. Y dicen, que esto es progreso: vivir con el sudor del de enfrente.
Claro que ese progreso que defienden tanto los progresistas profesionales de "
la hoz y el martini", en afortunada expresión de mi amigo Eduardo García Serrano (si os suenan sus apellidos es porque las obras de su padre reposan en mis anaqueles), como los liberales que sueñan con que nada cambie, al menos a mejor... es un falso progreso, es cartón piedra, una ficción del establishment.
Para que sirva de pantalla de humo que oculte la tragedia de la situación real. Y no interesa que cambie, ya os lo anticipaba, para que los ricos sigan siendo cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Vaya pues mi condena por delante para ambos, aunque más dura y directa para las izquierdas que, a sabiendas en muchos casos, luchan en contra de lo que dicen defender.  

Y es que... ¿qué son las izquierdas, o qué son las derechas? ¿Fue de izquierdas Mussolini por su política social? ¿Fue de derechas Stalin por su demoníaca represión? Con esta idea en la cabeza, un día imprimí dos textos en dos caras distintas de un folio y lo repartí a mis alumnos preguntándoles que texto era de izquierdas y cual era de derechas, aprovechando el Pisuerga de una asignatura de marketing y la relación con el marketing político. El texto que salió mayoritariamente de izquierdas era parte de la Carta del Lavoro, de la Italia fascista de 1927, y el que salió como indudablemente de derechas procedía de la constitución soviética de 1936. Esclarecedor.
No quiero extenderme. Creo que me basta con acudir a Ortega y decir con él que ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejia moral. Y es que los problemas no se pueden atajar por la derecha o por la izquierda, sino mirándolos de frente.

No puedo dejar esta carta sin traer al recuerdo una anécdota que Juan quizá recuerde. Juan, quizá comido por su entorno, apuesta más por una de las marionetas del sistema que por la otra. Y me preguntó si me gustaba más el PSOE o el PP. Como colecciono monedas, se me ocurrió una idea para dejárselo claro de forma gráfica: saqué una pieza, un as romano de Jano Bifronte, con su mítica figura con dos caras, una mirando a izquierda, otra mirando a derecha. Recordarás, Juan, que te dije que en realidad me preguntabas cuál de esas dos caras me gustaba más, y yo le di la vuelta a la moneda y te dije "yo, siempre me quedo con la cruz". Y te amplio, os amplio... que la luz, termina viniendo siempre de Roma.

Os quiere:

Papá.

26/05/2009 http://bitacorapi.blogia.com/2009/052601-izquierdas-y-derechas.php

Autor: Robsy

Está bien claro -y bien que duele- que la historia no es, de nuevo, la maestra de la vida. Quizá la CIA, que era el organismo informativo de las grandes finanazas, Juan.
Tu esperanza -casi desesperación- de que derechas e izquierdas dejen de existir, al menos como cortocircuito, me incitan a decir algo absolutamente realista y, por lo tanto, condenable:
Todo lo que no sea facilón para la mente será prohibido una y otra vez. De modo que nosotros también lo estamos.
A ver si subsidian a los malos corderos como lo harán con los malos estudiantes.

Fecha: 29/05/2009

Carta IV. FRANCO

Queridos capitanes:

Aunque compañeros vuestros, con un entorno similar y una edad idéntica a la vuestra no sepan quién fue Franco o, con suerte, lo confundan con algún personaje histórico, sé que vosotros al menos tendréis una vaga idea sobre su figura.
Lo sé, porque algo habréis oído, seguro, en sobremesas y conversaciones más próximas a la jaula de grillos que a la tertulia, que se dan tras las comidas o cenas con la familia. Y, aun cuando vuestro oído no fuera ágil, o simplemente no sintonizaráis nuestra frecuencia en esos momentos, en mi despacho tenéis abundantes biografías, que es un género que sabéis me apasiona, y de entre ellas más de una, y más de diez, sobre Franco.
No os pido que los leáis todos (¡ojalá!) pues sé de la bibliofobia que envuelve a vuestra generación, pero sí os recomendaría que al menos tomaráis dos o tres, y de enfoques encontrados, que malo es no leer pero casi peor leer sólo lo escrito en una faceta del prisma de la vida: Dios os libre de los lectores de un único libro. Veréis tras ese ejercicio cómo Franco ora aparece como un demonio emplumado, ora como el salvador de occidente, una suerte de nuevo mesías. Y ni calvo, ni siete pelucas.

Mi propósito es que el día de mañana, cuando seáis adultos y el tiempo haga pesar la losa de la historia sobre el personaje, podáis saber qué pensaba yo sobre él, pues sé que de fragmentos aislados de vuestros recuerdos igual os puede dar la idea de que yo fuera un antifranquista contumaz o un hagiógrafo del Caudillo. Los retales no componen buenos trajes, así que trataré de daros una pieza más entera para el futuro, que es vuestro presente.
La pregunta de partida debería ser, parafraseando a ese monstruo de las letras que fue Jardiel un:
pero… ¿existió alguna vez Francisco Franco? Y es que en los momentos en que esto escribo su figura se ha convertido en un pim pam pum de propios y extraños. Incluso no ya hijos de altos cargos suyos, sino los mismos que ejercieron esos altos cargos se llenan la boca de acusada fe antifranquista. Hace poco, recuerdo haber escuchado una memez de ésas que parece que no quepan en una boca, de labios de quien fue un ministro suyo, y hoy aparece como un padre de la democracia (sobre lo que es la democracia en realidad ya hablaremos en otra carta, que la palabreja se las trae, dependiendo de sus apellidos: popular, orgánica, representativa...), diciendo que él lo que hizo fue luchar contra el franquismo desde dentro. Manuel Fraga se llama ese esperpento, para que lo sepáis por si la justicia ha provocado que los vientos de la historia sepulten su nombre en el lugar que le corresponde, en letra pequeña a orillas de un manual. Y si eso hacen los que se supone fueron sus colaboradores, imaginad sus adversarios. Como ejemplo, un gran amigo mío nunca hace referencia por su nombre, le llama “el innombrable”. No hará falta que os advierta que éste es comunista por convicción y acción, y que cree a pies juntillas que su postura es la única plausible.

Este batiburrillo desemboca en las actitudes y acciones del presidente de gobierno que rige nuestra vieja piel de toro en los momentos de esta redacción, José Luís Rodríguez Zapatero, quien no me extrañaría nada que prohibiera mencionar a Franco, o que estableciera como historia oficial que entre Negrín y Suárez, o incluso hasta Felipe González, los españoles tuvieron un episodio de narcolepsia colectiva, despertando como Rip Van Winkle. Y es que eso de borrar la historia es algo antiguo, no invención de este iletrado que nos malgobierna, ya Stalin hizo sus pinitos borrando de las fotos a quien no le interesaba y reescribiendo continuamente los libros de historia. Hasta los romanos tuvieron su “damnatio memoriae”.
En este tema, os veréis desbordados por las dicotomías, no sólo en cuanto al general, sino a sus seguidores y adversarios, catalogables por unos y por otros como franquistas impenitentes, nostálgicos de un pasado dictatorial y cruel, o como republicanos feroces que creen que la historia oficial es parca y benévola con el personaje. Yo lo siento, pero en este festival de insultos establecidos entre tirios y troyanos, busco la puerta de salida y discretamente me aparto.

Particularmente siempre he dicho que proclamarse franquista es un grave error, más allá de las ideologías. Franco era un hombre, sólo un hombre o todo un hombre, como queráis verlo… y los hombres pasan y la historia queda. El río de la vida sigue su curso y es estúpido intentar aferrarse a un pasado que para bien o para mal, no volverá, a no ser que pretendamos jugar una partida de rol un tanto estúpida. Curiosamente, los franquistas más contumaces son, desde mi criterio, los que se hacen llamar a sí mismos antifranquistas (los que se hacen llamar hoy así, claro, que con Franco vivo algunos de ellos se desgañitaban dando vítores a su paso y otros, los más, se escondían bajo el colchón de su abuela). Y digo que son muy, muy franquistas, porque lo necesitan, porque se pasan la vida invocándolo, culpabilizándole de todo lo malo que sucede en España, cuando ha pasado más tiempo desde su muerte que el periodo, largo, en que tuvo las riendas del país. Recuerdo a un tonto con ventanas a la calle, que alcanzó cierto nombre en la política como independentista, Carod Rovira (entre vosotros y yo, un charnego), que acusaba a Franco del hundimiento de un barrio en Barcelona, el Carmelo, ¡unos treinta años después de muerto Franco!. Sirva esto para afirmar, pues, que si ser franquista es un error, ser antifranquista es del género estúpido. Y no me busquéis las costuras, que nunca defendí al personaje, antes al contrario.
Tampoco trato de hacer un alarde de bonhomía y denunciar a los que ahora se envalentonan al alancear al moro muerto. No. Se trata quizá, simplemente, de practicar un pequeño exorcismo en mi mente y expulsar de una vez por todas esos demonios que me reconcomen por no cantar las cuarenta en bastos cuando toca, que sería ahora, pero sóis muy pequeños aún para entenderme.
En lo particular, no coincido con Unamuno, uno de los últimos rectores que recibieron el título de Magnífico, mereciéndolo, cuando opinaba sobre Franco que “
personalmente (es) un buen hombre, víctima y juguete de la jauría de hienas”. No, una víctima y un juguete no me parecen dos etiquetas adecuadas para él. Si en algo coinciden sus biógrafos, tanto los que le odian como los que le aman, es que Franco controlaba, cuando no manipulaba, a su entorno y a las personas que le rodeaban, no al revés. Puede, que no quiero ser más sabio que Unamuno, que cuando don Miguel lo dijera tuviera su parte, o su todo, de razón. Creo, eso sí, que en su fuero interior, cuando llegó el momento crucial en el 36 de decidirse por sumarse a un bando u otro de los que ya hacía tiempo se estaban blindando en España, creyó, como anota Luis de Llera, que “la legalidad es una utopía y la civil convivencia imposible”. Y es que Franco era un militar cuyo nombre era conocido por todos, admirado por quien fue Rey hasta 1931, Alfonso XIII, y católico a machamartillo, que ante la alternativa de una revolución proclamada por socialistas y comunistas durante meses, y viendo ahora el poder en manos de quienes iban a llevarla a cabo, no dudó un ápice: el comunismo no era para Franco una ideología legítima, era la destrucción de todo lo que amaba, el enemigo de la civilización y del catolicismo, si es que éstos se pueden separar. Su toma de posición estaba clara pues.

No juzgo aquí, y no por falta de ganas, sino de espacio, lo que fueron sus circunstancias históricas, la II República, la propia marcha de la guerra civil o, lo que es más determinante, pero mucho menos estudiado, su vida anterior, en concreto su paso por África. Pero sí os dejo con una idea: cuando estalla la guerra, todos, amigos o enemigos, saben que él es la figura más destacada en su bando. Eso provocará su encumbramiento durante una guerra que sucedió a lo que debió ser un golpe de estado y, de rebote, que fuera el gobernante con más poder efectivo en España de los últimos siglos, hasta su muerte. Muerte en su cama, recordadlo, no fusilado o exiliado.

Existen, claro, leyendas en torno al personaje. Dejando de lado algunas absurdas, como la de que quiso ser masón (algo extendido, claro, por los propios masones, nihil novum sub sole), hasta la de los “muertos providenciales”, achacando a su ya cargada mano las muertes de Sanjurjo, Mola, José Antonio, Ramiro o la de su propio hermano Ramón, olvidando intencionalmente cosas como que las balas que fusilaron a José Antonio salieron de fusiles republicanos o que Sanjurjo murió víctima de su propia cabezonería. No vale la pena ni entrar al trapo. Más patética aun es aquella historia que dice que su hija Carmen en realidad era hija de su hermano Ramón, y que no sólo su muerte fue provocada para poder adoptarla, sino que él era impotente a resultas de una herida de guerra. Sería para reír durante unas cuantas semanas... son cosas que se desmontan solas, con el mínimo esfuerzo de comprobar que en su hoja de servicios solo aparece una herida... y en el estómago. Cuando no se puede vencer a alguien de otra forma, el ser humano tiende a empozoñarlo o ridiculizarlo. Con Franco han intentado las dos cosas.

Y es que en la petición de lectura que os hacía, va la esperanza de que sepáis separar el grano de la paja, que de todo hay en ambas partes. Veréis repetido que era un tipo frío como un pescado, que firmaba penas de muerte mientras desayunaba chocolate con picatostes (olvidando intencionalmente que las penas de muerte, con el código vigente en la época, no se firmaban, lo que se firmaba eran los indultos, las conmutaciones, y es que la historia es muy elástica), y por otra parte que fue una persona libre de errores, que nunca se equivocó, dándole un áurea de santo (¡que incluso algunos quisieron oficializar, algo más ridículo que el intento que hubo de hacerle Cardenal!). Si empezaba diciéndoos que Franco fue sólo un hombre, también, con lo que ello implica, lo fueron quienes lo amaron u odiaron, a veces sentimientos alternativos en la misma persona, por lo que intentaron proyectar sobre él sus pasiones, filias y fobias íntimas, personales.
Un ejemplo, de tantos que podría tomar para ilustrar esto, lo tenemos en Haro Tecglen, respetadísimo columnista de izquierdas, que en Gloria pudra. El mismo que describía a Franco como “el viejo siniestro” fue quien, con unos años menos y con Franco en la jefatura del Estado, no desde una cárcel o montando guerrilla en una cordillera, sino cómodo en su despacho, le regaló estas líneas: “
se nos murió un Capitán, pero el Dios Misericordioso nos dejó otro. Y hoy, ante la tumba de José Antonio, hemos visto la figura egregia del Caudillo Franco. El mensaje recto de destino y enderezador de historia que José Antonio traía es fecundo y genial en el cerebro y en la mano del Generalísimo”. También abundan peloteos y ditirambos con tanto azucar que son capaces de ocasionar un coma diabético, como ese almibarado “Nadie lanza la pelota (de golf) tan lejos como Su Excelencia”, de Tico Medina. Y es que el poder es lo que tiene: atrae tanto a odios infinitos, como bufones serviles.

Sí, me diréis que la gente cambia y que yo mismo soy un ejemplo de ello. Pero cambiar justo hacia donde sopla el viento, y no en su contra, no me negaréis que deja el regusto de la duda en todo espectador. Y yo más que duda creo encontrar la certeza de lo acomodaticio en ello.
El problema viene cuando no sólo se intenta olvidar la historia, sino torcerla para que sus tesis sean las correctas, que el papel es muy sufrido y lo acepta todo. Así, existe hoy una corriente dispuesta a cargarle a las espaldas de Franco la responsabilidad de la represión a la revolución de Asturias en el 34 (el verdadero inicio de la guerra civil, según mi criterio, por otra parte). Fusilamientos y violencia que van a engrosar sus cargos con la historia, sin considerar que cuando la represión se desató fue después de que sus tropas volvieran a los cuarteles. Es más: en la prensa de la época no se le menciona nunca como responsable. Ahí están las hemerotecas, y ya hoy, imagino que cuando leáis esto muchas más, están disponibles fuentes coetáneas a tiro de ordenador, desde casa y sin molestarse.
Y voy acabando, que el espacio apremia y creo que si lo alargo más de la cuenta sólo conseguiré que dejéis de leer. Resumiré de forma precipitada, como en juego de niños, lo que puedo ver bien o mal en el personaje, el estado contable de sus acciones según mi muy particular perspectiva.

En lo positivo, analizado el hilo de los acontecimientos, y sin querer jugar demasiado a futuribles, Franco nos libró de caer tras el telón de acero. Que comunistas y socialistas (Largo Caballero, el “Lenin español” y Prieto, con fama de moderado pero unos puntos a la izquierda de lo que hoy serían los comunistas entre ellos) es lo que intentaban, no sólo lo dicen historiadores de “derecha”, sino también “de izquierda”. En los cuarteles muchos militares, en particular suboficiales, tenían ya hasta órdenes repartidas con tal fin. Frente a este hecho, que se creara una clase media, que España pasara de ser un pueblo de alpargata y suelo de tierra pisada, a utilitario y segunda residencia, e incluso que se pusieran las bases para un Estado que asegure educación, sanidad y seguridad laboral, casi pasan a segundo plano.

En lo negativo, los errores. Algunos que arrastramos hoy, como fue la elección de su sucesor (nada no previsible, pues Franco era un general monárquico. GeCé, mi admirado Giménez Caballero, decía que Franco fue un hombre del pueblo que ejerció de Rey para dejar paso a un Rey que ejerce de hombre del pueblo); otros de los que nos libramos ya hace unos años, como una estúpida censura o el dar un poder desmedido a la Iglesia, olvidando intencionalmente que lo que es del César debe ser del César; y otros errores u horrores que, sin poder adjudicárselos directamente a él, convengamos en que no logró solucionar, de ellos, el principal, la división entre los españoles. Es más: sus propias “familias”, por ejemplo el Opus y la Falange, anduvieron a golpes entre ellas. Veréis que no hago referencia a la represión, condenas derivadas de la guerra civil y más derramamiento de sangre. Y no es que no me apene, no sufra, por la muerte y cárcel de tantos españoles, es que conceptualmente lo sitúo no sólo como consecuencia de la guerra civil, sino parte de la guerra civil misma, retazos del conflicto que se extendieron al periodo de paz. ¿Pudo Franco perdonar más de lo que hizo? ¿Fue un asesino sanguinario o como en su época alguno acusaba, un generalote en exceso magnánimo que condonaba demasiado?. No tengo luces para discernir en un campo tan lleno de dolor, prefiero que vosotros mismos lo juzguéis, con un mayor alejamiento en el tiempo. Quizá yo en su piel hubiera sido más duro, o más blando, no lo sé. Afortunadamente, yo no estaba en su piel.

Sí, durante su mandato, pareció que sólo unos pocos tenían ganas, en lo que fueron los rescoldos de uno y otro bando, de seguir atizándose. Que la Paz por fin había llegado a España para quedarse. Pero eso no lo considero un logro de Franco, sino de la simple memoria de los que vieron y vivieron ese horror, que deseaban, con todas las fuerzas, alejarlo de ellos y de sus hijos. De aquellos que defendieron lealmente sus ideas, a uno y a otro lado de la trinchera, y que supieron perdonar con la misma valentía con la que sus hermanos supieron morir. Ése fue el mayor logro de los años, no de Franco, no del franquismo, sino de los españoles. Rojos o nacionales. Comunistas, anarquistas, carlistas, falangistas, socialistas... que quisieron una España mejor por sus hijos y lucharon por imponerla, y después se dieron cuenta del horror de la guerra, y de que eso, justo eso, era lo que menos querían para sus hijos.

Sea como fuere, a favor o en contra, Franco ya es sólo mera historia. Espero que así os llegue a vosotros, y lo estudiéis con la misma pasión, ni más ni menos, que la que pondríais al leer cosas de Espartero, Fernando el Católico, Felipe V, Lincoln o Bolívar. Es sólo historia. Nada más. Y nada menos. Ésa es la idea que os trato de transmitir: que intentéis ser espectadores imparciales, que no os cerréis a ninguna fuente... pero que sepáis valorarla. Y, sobre todo, que no proyectéis el presente sobre el pasado, que es cronocentrismo, ni el pasado sobre el presente, que es nostalgia, salpicada de estupidez.

Os quiere: papá.

22/09/2010 http://bitacorapi.blogia.com/2010/092201-cartas-a-mis-hijos-iv-franco.php

Autor: Rafael C. Estremera

Sabes, Juan, que yo si me declaro franquista. No se si es un error, pero si se que es una necesidad visceral.
Porque se que Franco sólo hubo uno, y no va a volver. También hubo un sólo José Antonio, un sólo Ramiro, o un sólo Largo Caballero o Prieto. Quiero decir que no espero la resurrección del hombre, y tampoco la del sistema que creó.
Sin embargo, me declaro franquista -y también bonapartista, y cesarista, y carlosprimerista- de forma puramente emotiva y sentimental. Y para clavar la bandera frente a tanto traidor y sinvergüenza como hubo en 1975 y como sigue habiendo.
Comparto la opinión sobre muchos de los errores que citas, y añadiría algún acierto más; pero lo fundamental es, como indicas, que Franco es Historia, y que los hechos no hay quien los mueva, aunque haya quien los quiera ocultar.
Ningún hombre y ningún sistema están libres de error, y a cada uno hay que medirlo en su tiempo y lugar. Pero Franco supone un hito en la Historia de España, en la que parece -como indica un personaje de Rafael García Serrano en V Centenario- que ningún gobernante anterior haya dejado huella desde el inmenso Carlos y el enorme Felipe.

Fecha: 23/09/2010

 

 

 

 

 

 

 

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